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8.8.20

Esmeralda

Mi hermano Antonio había recibido una invitación "all inclusive" al Festival de Cine de San Luis. Corría el año 2012. 

Como sabía que yo no tendría mucho que hacer, ni ese año ni los subsiguientes, se le ocurrió sumarme al plan. La invitación era para dos personas.

Un jueves de primavera nos tomamos el avión rumbo a San Luis. Que placer viajar, pensé, y más cuando es gratis.

Iba sentado del lado de la ventanilla y mi hermano iba en el medio, calculando a ver si le tocaba alguna jamelga interesante para conversar. Yo estaba en mi mejor momento: Relajado, cumpliendo la única función de acomodarme el cinturón y viendo pasar a las eficientes y guapas azafatas.

"Zuuuuuuum"...con la fuerza de un trueno salimos y como siempre me sucede, cuando vuelvo a vivir algo intenso -como volar, como trepar una montaña, o  como volver a meterme en un lago frío del sur- se me vienen imágenes fugaces al paladar de la memoria. 

Yo más joven inmerso en un bosque de algún lugar de Argentina, subiendo una montaña de El Bolsón -¿iba con amigos...con mi primo Francisco?-, volando de Madrid a Buenos Aires o viceversa... flashes, recuerdos, ese placentero masaje a la memoria.

Ya estábamos arriba, planeando, con esa sensación de living presurizado que da la velocidad crucero. Con esa " por momentos" sensación también que el plácido presente puede convertirse en un instante en pesadilla. 

Pero para eso están las azafatas y el vino suave en vasitos de plástico. Para olvidarse, para adormecerse, mientras el cuentakilometros del piloto gira su rueda al compás de las revoluciones.

Como no había mucho que hacer y mi hermano no me sacaba mucha conversación, estiré mi cuello a ver si había algo interesante por los asientos contiguos. Justo delante mio asomaba una blonda cabellera.

Pedí permiso - mi hermano puso cara de un leve disgusto- y me dirigí hacía el baño de adelante. Mi idea, por supuesto, era al regresar echar un vistazo a la dama en cuestión.

Me la imaginé sola, dueña de una interesante holgura económica pero arrastrando una alegría escasa, una felicidad en miniatura. Giré mi vista disimuladamente y ahí estaba ella, con unos anteojos Ray Ban y la cabeza ladeada levemente hacía el piso. En ese momento relacioné la marca de los anteojos con Boris Vían, y Boris con bon vivant.

Mi felicidad aérea me había puesto creativo, así que en vez de centrarme en ella -que por supuesto a mi vuelta no había reparado en mi- me centré en mi asociación de ideas.

Saqué de mi bolso, a juego con mis zapatillas, un papel y una pilot, y redacté un breve texto jugando con la marca de su anteojos, el nombre de Boris Vian y el termino bon vivant, acorde a la sensación de no tener nada que hacer más que mirar las nubes y esperar el desayuno en bandejitas chic de plástico.

Me había olvidado los auriculares así que me esforcé en pensar en mi blonda desconocida y no escuchar a las señoras de atrás que habían hecho buenas migas hablando de maridos, lugares comunes y de su biblia parlante: radio Mitre.

No pude con mi genio, e hice un avioncito con la hoja de papel escrita. Pensé en la tontería de lanzarle a la blonda mi misiva aérea- incluso había escrito al costado "per avion"-. 

Mi hermano me lanzó una mirada con el rabillo del ojo, como diciéndome sin decirlo que no metiera la pata. Un clásico mio.

Entonces se me ocurrió algo mejor. En un instante que mi hermano estaba preguntando si había jugo de tomate -haciéndose el snob con la atractiva azafata- hice como si me ataba los cordones y le arrojé mi avioncito por debajo de mi asiento.

El aterrizaje había sido exitoso y, por lo tanto, a Miss Ray Ban solo le quedaba notar el avioncito reposando entre sus zapatos.







18.3.12

El Rey lloró

Este viejo cuento siempre lo relacione con una canción de Los Gatos, El Rey lloro...dice algo asi como: el humilde hombre, le dijo no puedo, no puedo yo enseñarte a viviiir feliz, tu coon tus mujeres, lujos y placeres, jamas podras ya vivir feliiiz..
 
El cuento habla de un rey de un antiguo reino que poseía todas las posesiones que se pueden poseer. Sus manjares eran traídos de los rincones mas alejados de la comarca, gozaba del amor de las doncellas mas jóvenes y hermosas y practicaba los deportes mas lujosos. 
 
Pero un día escucho hablar de la felicidad. Alguien pronuncio esa palabra y esa noche el rey no pudo dormir pensando en ella. A la mañana siguiente, con ojeras y de mal humor, pidió que vinieran inmediatamente los sabios de la corte.
 
Una vez que estuvieron todos presentes les dijo cual era el motivo de la inesperada reunión. Señores, quiero tener aquello que llaman felicidad...
 
Entonces los sabios se miraron con caras de preocupación, sabiendo lo sutil e inasible que es la llamada felicidad. Finalmente, uno de ellos, el más viejo de todos, encontró una posible solución: Rey, le dijo, iremos a buscar a un hombre verdaderamente feliz y le pediremos que nos de su ropa. Cuando usted se la ponga, podrá ser feliz como él.
 
El Rey, que habia tomado el tema como si fuera otro "asunto de guerra" anuncio: Muy bien señores...el Rey irá junto con ustedes en busca de ese hombre.
 
Entonces la comitiva, con sus pajes, sus carruajes, sus sabios y sus asistentes, acompañados por el mismísimo rey, salió a realizar dicha saga.
 
Luego de recorrer durante varios dias todas las comarcas de arriba a abajo preguntando a los aldeanos por alguien que fuese verdaderamente feliz, ninguna respuesta positiva obtuvieron. Algunos tenían problemas con sus pequeñas tierras, otros con sus mujeres, las mujeres con sus familiares, con sus hijos...
 
Con el animo bastante apesudambrado el Rey decidió detener la comitiva y sentarse a descansar bajo un frondoso arbol, que invitaba a la siesta. Junto al arbol corria murmurando, un arroyo fresco y saltarín, abundantes en flores que llamaban a mariposas de todos los colores. Entonces, el Rey vislumbró un hombre, un pequeño hombre que se dirijia hacia donde él estaba. El Rey dió la orden a sus soldados que lo dejaran pasar. El hombre, ante semejante despliegue de carruajes, banderas y soldados no sabia que hacer. 
El Rey le hizo un gesto con la mano y ambos se sentaron bajo el arbol. Entonces el Rey le pregunto: Dime, tu sabes quien soy pero yo no. Simplemente quiero saber si tu eres feliz. El hombre en su humildad y simpleza, espero unos segundos bajando la mirada ante el Rey y dijo suavemente: si... Pero dime, dijo el Rey, eres entonces verdaderamente feliz? -Si, mi Rey, tengo mis ovejas, este arbol donde descanso...el rio...soy un hombre feliz. 


Bueno, le dijo el Rey imperativamente siguiendo el consejo de los sabios, entonces te ordeno que me des tu camisa.
 
Y el humilde hombre le respondio: Mi Rey, no tengo camisa...

25.9.11

No por internet

Me queda un día libre en Montevideo. Salgo a caminar y sus calles, delicadas como curvas de mujer, parecieran no saber de mi. Tal vez porque solo piensan en ese mar, en esa agua salada que las roza dulcemente en algún rincón de la Ciudad Vieja.
Entro en una panadería cualquiera, en un minuto cualquiera de este "otro día mas". Aca el mundo parece girar con la rutina de un viejo mundo, con la cadencia de un antiguo reloj. Sencillo, algo anticuado tal vez, pero noble.
La tienda brilla como si recién le hubiesen pasado cera. Esta pulcritud me asombra y me recuerda a otro momento de mi vida. Claro!..España.
Una chica joven, con acento local, me atiende. Yo pido un "olímpico" mientras miro hacia el fondo. Y ahí están, los "gashegos", llevando más de cincuenta años en sus espaldas y en este rincón del planeta. ¿Hace cuanto que no los ves por Buenos Aires?
La chica me envuelve el sandwich mientras yo me agarro una bebida de las heladeras expuestas del lado de los clientes. Saco unos billetes amarronados donde todos los próceres descansan muy serios, pero a mi, por la falta de uso, me parecen los del Monopoly.
Cuando voy a pagar ya esta la gallega, en la caja, presta a darme el cambio.
La chica es la que me entrega el pedido y yo quiero que este dulce momento se alargue como un chicle, como un ovillo de lana, como un suave punto cayendo hacia la linea del mar.
Pero esta vitualla es una ínfima parte del stock de la panadería, como nosotros somos una ínfima parte de esto que llamamos vida.
"Usted quiere un bombillo" -me dice ella. Y esta pregunta, que entiendo a medias -bombillo es sorbete en uruguayo-, la saboreo como un sediento naufrago en el desierto.
Mientras busco la respuesta, le quiero decir que en mi juego, esta es la única y última frase que saldrá de su boca. Que no la conozco, que no tengo una atracción física hacia ella, pero...pero mejor me cayo, digo "no, gracias" y me voy.
El hecho que seguramente -escribo esto desde buenos aires, recurriendo a mi memoria, pero no me pidan nombres de calles, altura, etc- no vuelva a pisar esa panadería, no vuelva a disfrutar en silencio de esos gallegos, de su pulcritud, de como entraba la luz por la vidriera y, sobre todo, el hecho que yo era consciente en ese momento de esto que hoy escribo, le confirieron a esos instantes, a esas pequeñas palabras, a ese brillante papel donde venia envuelto el sandwich, un valor incalculable.
Tal vez para ellos yo fuí solo una excusa, un cliente, un suave punto cayendo en la linea de ese "otro día mas". Pero también fui su motivo, su quehacer. Ellos estaban allí y hoy  -ahora tal vez!- sigan estando allí, para atenderte a vos, a ti y a mi.
Se me agrandan las manos al escribir sobre ellos y se me achican al pensar en esa vana ilusión, en esa agridulce apariencia de estar en todas partes renunciando a estar en alguna.



16.4.11

Breve apología a la calma montevideana.

Mi hermano me pidió que llevase la carta.
Saludo a mi amiga argentina, la única acá en Montevideo, y me lanzó con su bici prestada por una ancha avenida llena de contenedores que hablan el idioma del puerto.
Llego a la esquina indicada y entró al bar. A pesar de ser el mediodía varios parroquianos charlan a medía luz. Me presento anunciando el nombre de Jesús.
Recién ahora distingo el humilde delantal blanco entre los parroquianos. Le acercó la carta y Jesús la guarda para después. "Así que vos sos el hermano de Antonio..."
La mano de Jesús y la tierra tiemblan. Las costas japonesas están más lejos que las gallegas pero aquí y allá al agua salada la llaman mar.
Mientras, los primos orgullosos de enfrente se golpean una y otra vez contra el paredón de agua que allá es río marrón.
Los montevideanos que Onetti veía grises yo los veo de varios colores o de cierto gris que esconde el estallido colorido de los carnavales que vendrán.
Lo que no veo son las minerías que hay allá, en nuestro cemento, tacos rompiendo veredas, gomas explotando corpiños, cuellos torciéndose.
Menos copas, menos divas, menos minones, pero también mas relajación urbana en Montevideo.

Sentarse o pararse en esas callecitas del viejo puerto desde donde podemos ver el color azul postal girando sobre los talones una y otra vez.
Jesús, el dueño y el que te atiende en el bar San Lorenzo, sito en Maciel y Washington, es otra postal de la historia compartida de este río a veces marrón, a veces azul.
Nacido en Santiago de Compostela -campo de estrellas-, Jesús arribo a estas tierras en el año 1953. Sentados en una mesa de su bar, desandamos este siglo que pasó, bruñido por el tiempo, como los últimos parroquianos que se dejan estar.
En sus manos parecen temblar esas décadas pasadas, como hojas de otoño que no quieren terminar de caer. Una época primitiva, sin demasiado interés, a los ojos de los pibes-celulares de hoy.
Es que el siglo ventiuno hace rato que llegó. Al menos para los centros económicos mundiales. No tanto para Jesús y para mi, que hacemos oídos sordos, hablando de cosas pasadas con el gris del puerto de fondo. Y el mar.
Pienso que los ojos claros de Jesús se habrán acostumbrado más fácil a este Montevideo surcado de azul que si el exilio hubiese sido en el amarronado Buenos Aires.
Sobre los diarios del día desfallece la tinta que habla del terremoto que arrasó con un brazo de Japón. Los huesos, las partes, flotan entre hierro y paredes que ahora son basura.
No sabemos si este será el último desastre pero al parecer estamos más cerca de que este sea el último siglo.
Por eso, esta apología a la calma montevideana, estas ganas de quedarme más cerca de las manos "del veinte", mas cerca del siglo de Jesús.




1.2.11

alguna soledad que declarar?

Una amiga vuelve de Miami. 
Nos relata lo bien que funciona todo, la limpieza, la seguridad y el orden que exhalan sus calles. 
No hace falta que nos recuerde el caos, los baches y la cara de sota de los policías que nos deberían cuidar aca. 
Alguién recuerda esa frase: Este es un país afectivo, no efectivo. 
En ese momento nuestra amiga se queda mirando a lo lejos y dice: soledad. Allá hay mucha soledad.
Acto seguido nos cuenta como perdió las llaves de su bóveda familiar, mientras estaba sentada adentro de la misma! Como le pidió al policía que no cerrase la puerta del cementerio, que se iba a tomar un taxi corriendo para buscar una copia de la llave y volver. Que el cana le dijo: vaya nomas que yo la espero, que eso no existe en los estados unidos!, que se tomó el taxi, que le contó la historia al tachero, que el tachero le dijo que el venía de una familia pudiente, que tenían seis -seis!!?? le dijo ella- bóvedas en la recoleta, que hace cuanto manejaba el taxi, que hace cinco meses, que había puesto un restaurant en bariloche y se había fundido, que había que remar, que me espere que busco la llave, que vuelta a la Recoleta, gracias señor policía y viva este país en el que también existe la soledad.

21.1.10

cuento de navidad (primera parte)

Esta historia comienza en una típica tienda de cigarros y revistas de Brooklyn, Nueva York. (ver la película "Smokes" de Wayne Wang). Un día, Harvey, su dueño, advierte como un chico joven (odio eso de..."de color") se esta robando una revista de los exhibidores giratorios (divinos!). Hey!..you! -le grita, mientras el chico huye como un demonio. Harvey lo persigue pero el chico corre demasiado rápido y con veinte años menos. Harvey se detiene exhausto, resoplando, con las manos en las rodillas. Justo enfrente suyo descansa, perdida, la billetera del pequeño ladrón. Harvey la agarra y vuelve a la tienda. Pasan los meses y a Harvey, cada tanto, se le pasa por la cabeza la idea de devolver la billetera al dueño. Cada tanto la abre para ver esa tierna foto del chico con un globo, a los cinco años y en blanco y negro, con cara de haber pasado una infancia como mínimo pobre. ¿De que vale hacerse mala sangre por una revista que se lee en veinte minutos y se olvida en cinco? En alguna parte de su ser, Harvey piensa que debe devolver esa humilde billetera. Y pasa el tiempo y llega el día de Navidad. Por circunstancias personales, ese año Harvey no tiene parientes ni amigos cerca para reunirse a festejar. Entonces, decide, ese mismo día, devolver la billetera. Aunque la fecha es un tanto especial, Harvey no lo piensa dos veces y se dirige a la dirección que figura en la billetera. Tiene que alejarse mucho del centro, tomar un subte y después un bus para llegar a los suburbios. Empieza a caer la noche y las calles están casi desiertas, pero Harvey esta decido a cumplir su promesa. La dirección corresponde a un edificio de monoblocks. Unas escaleras mal iluminadas lo llevan al piso indicado. Toca la puerta. Espera un largo minuto. Al parecer no hay nadie. Tampoco se escuchan voces. Vuelve a tocar y cuando ya esta a punto de irse se escucha el ruido sordo de unos pasos que se acercan. Muy despacio la puerta se abre...

cuento de navidad (segunda y última parte)

...Una mujer muy mayor se asoma con una mueca que intenta ser sonrisa diciendo: "Hola Johnattan...! viniste a verme..." Es la abuela ciega del pequeño ladrón que, ingenuamente, piensa que su querido nieto ha venido a visitarla por Navidad. En ese segundo decisivo, Harvey opta por seguirle el juego. Los desconocidos se abrazan fraternalmente pero la abuela, que es ciega pero no tonta, se da cuenta de que ese hombre no es ni nunca podrá llegar a ser su nieto. La cara de la mujer se hace más patética aún, con la sonrisa en su boca y la tristeza en sus ojos. Acompañada de esa leve resignación lo hace pasar. Son dos solos en busca de alguna compañía. Harvey se da cuenta de que la casa esta llena de trastos, de objetos del pasado pero que no hay ni un atisbo de comida. Le propone a su nueva abuela ir a comprar algo para comer. Vuelve con pavo, ensalada varias, pan, postre, un vino y una botella de champán para el brindis navideño. La viejita saca su mejor mantel y juntos arman la mesa. Ella le pregunta por su vida y Harvey, en su papel de buen nieto, le cuenta de la universidad donde esta tan contento, de la noviecita que tiene...La viejita escucha todo con la cabeza ligeramente ladeada hacia él, asintiendo con su mueca-sonrisa, sabiendo que todo lo que escucha esta muy lejos de ser verdad. Pero que es el único menú navideño que tienen para esa noche. El tinteneo de platos y vasos relaja la charla y si alguien los viera de afuera, podría pensar en una típica postal navideña. Claro, que en blanco y negro. Luego de la cena, Harvey pide permiso para dirigirse al baño. El vino que tenia guardado la abuela ya esta casi por terminarse. Es la primera vez que Harvey queda solo en el departamento. Mientras se lava las manos, su vista lo lleva a una montaña de pequeñas cajas que se apilan junto al lavatorio. Al agacharse ligeramente Harvey distingue que son cámaras de fotos. Unas diez cámaras en sus cajas, nuevas... Harvey intuye de donde vienen esas cámaras y decide tomar una. Casi sin pensarlo. Vuelve a salir al living y ya la abuelita duerme la mona del pavo y del vino. Harvey deja con cuidado la billetera y se va. Hasta acá el fin de la historia. Pero este cuento tiene una posdata. Harvey volvió meses después a los suburbios para ver si seguía la cariñosa abuela que de tan peculiar forma había conocido. Toco la puerta, y le abrió un hombre joven. De fondo se veía a una mujer acunando a un bebe. El hombre parecía no conocer a ninguna mujer de esas características. Era imposible que esa mujer, que estaba mas cerca de los noventa años que de los ochenta y que parecía muy sola, se hubiese mudado. Seguramente la abuela habría muerto.Pero su última Navidad la había pasado en compañía de él, de su querido nieto(1).

(1) Pequeña historia del cuento de navidad de Auggie Wren.
El relato nació a partir de un pedido del New York Times para la navidad de 1990. Como a Paul Auster no se le ocurría nada le consulto a Wren, su vendedor de cigarritos del barrio de Brooklyn. Wren le contó entonces el cuento y apenas se edito en el diario, el director de cine Wayne Wang lo llamó a Paul Auster para proponerle la inclusión del cuento -de un modo caprichoso y tangencial- en un película. El resultado fue "Smokes".