Le cuento a mi madre que estoy con ganas de escribir pequeñas historias, esbozos de la memoria porteña. Por ejemplo, cuando los
bondis tenían esa panza adelante, esa al
bondiga redonda y orgullosamente
fileteada. Epocas pasadas, cuando el chofer era un pulpo de siete brazos, de siete manos para manejar.
Un fangio cansado que pasaba los cambios, cortaba boleto,
indicaba a las viejas o casi donde se tenian que bajar, giraba la palanca que abria la puerta de atras y
además, daba el vuelto.
Entonces, mi querida madre me hizo recordar un detalle que yo no y da pie a esta historia.
Para lo ultimo, dar el vuelto, el sufrido chofer se ayudaba con la maquina de las monedas, un triste
organito de metal que en vez de notas
emitía monedas.
Pero
sucedía que uno
subía al
bondi con un billete de 5 Australes y
timidamente, con algo parecido al miedo, se lo daba al chofer. Este, al vuelo, voceaba el
clásico: "
Quedate cerca
pibe, que ahora no tengo para darte el vuelto".
Y ahora viene el detalle que mi madre me hizo recordar
gesticulando con sus manos. El chofer, convertido en un gitano del asfalto, doblaba el billete al medio y a lo largo, y lo convertia en un
cubanito delgado, en una entidad sospechosa en medio de sus dedos. Truco tal vez aprendido de la calle, de los vendedores de helados o de
maní.
El billete pasaba
así a ser parte de esas varitas
mágicas, de esos salvoconductos de 10 -para el dedo mayor-, de 5 -para el anular- y
así sucesivamente, australes.
Perfumaba el aire la última primavera de la nueva democracia argentina y nosotros,
recién regresados de tierras secas, nos
sorprendíamos con esa
exuberancia porteña. Mi madre me hablaba de las horas pico, por el Bajo, donde arriesgados oficinistas se colgaban del estribo, unas manos aferradas como ganchos y las caderas apretando al de adelante para llegar a cierta
posición vertical. "Listo?!" -gritaba el chofer. "Si, dale..."
Y arrancaba el bondi una entrañable y
nostálgica nube gris.
Pero nuestro billete -el mio en este caso- ya era indistinguible entre el racimo surrealista de los otros. La
cuestión, entonces, era tratar de mantenerse cerca del chofer para recibir el preciado cambio. Esto
podía suceder en alguno de los escasos descansos. Por ejemplo, en
algún semáforo "largo".
Había que quedarse cerca, murmurarle algo al hombre de fangio, tener la suerte que el chofer cabeceara y nos viera
atrás, al acecho, transpirando nuestra expectativa
cambiaria.
Lo ideal era situarse justo
atrás del asiento. En esa
época no
había división entre el chofer y el pasaje. Era todo uno. En verano casi se
podía sentir la camisa celeste pegada a la piel y al asiento de infinitas tiras
plásticas. Este
mítico objeto que merece un punto y aparte.
Si uno lo analizaba
fríamente,
podía ser el asiento mas
estrambótico del mundo: todo hecho de finas y duras tiras de
plástico. Pero estaba entramado de tal forma, por alguna máquina mágica, que conformaba para nosotros, los pasajeros, el lugar mas
cómodo del mundo.
¿Quien no
sonó con sentarse por un rato
nomas en ese asiento
etéreo, suspendido
plasticamente a mas de dos metros del asfalto porteño, con el volante nacarado y la bola de
cabarute para pasar los cambios a nuestra
disposición?
Pero no.
Deambulabamos por
atrás,
perdiéndonos tristemente entre el pasaje que no dejaba de subir y de empujar. "
Corriendosehaciaelfondooo...
alfondohaylugaaar"-voceaba el chofer eternamente sentado. Imposible a esta altura tratar de "
comunicarnos" con él, de hacerle recordar nuestro caso.¿Como el trafico volcánico de buenos aires, el
bondi, sus pasajeros, los acelerados
semáforos, se iban a detener por nosotros, por nuestra nimia inquietud?
Pero una de cal y una de arena. En eso nos tocaba un milagro. Un asiento
vacio que nos
permitía a los
lungos de 1,89
mt como yo volver a la
posición normal cuello-cabeza. O nos
quedabamos embobados por la morocha
bajita y de altas curvas. "
Uy...la parada.."-
pensábamos de repente para nuestros adentros. "Permiso..perdon...¿baja en la
próxima?-
preguntábamos caballerosamente en una
posición por lo menos ridicula-...momentito...shofeeer! -la vieja
bienuda que
también buscaba bajarse-...la parada!
Y
así, como una serpiente entre un mar de piernas, nos
deslizábamos hasta el
único timbre de la
única puerta del fondo. Con suerte y apretando varias veces el gastado timbre, el chofer nos
devolvía de un salto al crudo asfalto y a la
sensación de que algo nos faltaba.
Mi
frágil memoria cercana y yo
sabíamos que el vuelto se
había perdido para siempre.