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8.8.20

Esquina asesina.

Guiado por una pátina de bondad callejera, me siento en el piso de una esquina perdida de provincia, a esperar un bondi que nunca llega. 

Aquí todo es fugaz, nada parece haber sido hecho para siempre. Un pasacalles se va deshilachando con el viento, una paloma se rasca sobre un cable mal puesto y un gato moteado la mira. 

Alguien cruza la calle, atento aunque este sea su territorio. A mi se me nota la capital. El flaco me mira desconfiado y da un salto de perro sobre el charco conocido.

Yo vuelvo a la vereda, un puzzle arrasado por elefantes furiosos y un sol endiablado que tampoco parece brindarle demasiada compasión a las baldosas sueltas. 

Enfrente, una parrilla – “La Milagrosa”- parece ser lo único abierto. El hambre aprieta, así que me decido y cruzo la calle.


Entro. Las mesas vacías, la formica gastada en los bordes, el Jesucristo de yeso mal pintado y una paredes que parecen comerse la luz de afuera. Una voz oscura tras las tiras plásticas de colores me espeta sin verme: “¿Qué vas a llevar pibe?” Décadas de masticar crisis no dan espacio para la delicadez.

Me sube un nudo a la garganta y no se que responder. En mi necesidad de un orden mínimo, de un trato humano básico, hay una carta, un menú, un empleado que no se esconde como sus precios.

El morocho, mozo y cocinero a la vez, elige por mi el sándwich y el precio y yo salgo mas niño de lo que entre.

Ahora solo me queda sentarme en las mismas baldosas de antes a esperar el 57. Se comieron la parada, pero como en este país también hay gente atenta, puedo comer la mila tranquilo. Es aca.

Escucho un rugido a lo lejos y pienso si será mi colectivo. No. Es una motocross con un tipito arriba.

Se detiene ligeramente a mi altura. Parece de juguete. Su casco se gira, mira la mila, el gato, la parrilla…No hay mucho más. Nada que indique calle o altura.

Solo ese sol tenue, oblicuo, esquivo, que le da a todo lo que ilumina una pátina de Sur y después, de destino remendado.

El tiempo se detiene en la esquina asesina mientras una hormiga con casco, que no encuentra la fila, se pierde sin saber hacia donde ir.

14.4.15

Shelles y shellas

Un asado nada osado trepando un oasis llamado terraza.
Una música joven y vieja que cuando llego perfuma el aire.
El protocolo del saludo porteño que nadie leyó el manual,
H medio enganchada con la banda que alguien imagino: Las amigas de mi hermana.

Ella sentada a él sentado : Me la sube...sabes?
P que normaliza el nueronaje con La Carne de los Sabios Puntéos y sonrisa en el fuego,
++++ amis que novios, +++ risas por aquí y poco compromiso por aca de un dedo indicando el cuore y después,


Pieles que dicen lo que tienen que decir, piernas que terminan bien y una mente que busca salir de los recuerdos propios y paternos..."ya fue!",
buscar centrarse en el ahora, en la shama del porro que viene y va

"Las francesas de veinte años ya ni se enamoran" suena por ahí...y ella que se da vuelta y dice un exclamativo: "ehh,..que mal eso"
"Amor y porro" me dice G mientras me lo pasa y me perdona lo que no me conoce.

"Porque hablar tanto de la...("paja" dijeron?)" Liberación 5.0, los dos generos -shellas y shelles-que se parecen cada vez más y unos padres analógicos que (se?) reprimen cada vez menos.
hablemos un rato y por arriba de los accesorios del sexo y después cada uno a terminar de hacer bien la cama.
diez palabras niu por minuto (gede, conchaína, ondor, salidero, tron, bichete...)

La milky de un dios que se relaja fría en la bandeja de algunos cd´s noventosos,
ojos algo escépticos que ya no se asombran de casi nada,
frases bajoneras que nadie quiere recordar cinco minutos después,
N que me aconseja escribir esto dentro de unas...cuatro semanas, para que la cosa se ponga a macerar

La cocina sin cocaína que explota de mentes que titilan su relajada brillantez,
un círculo de Baba de pre-30´s resignados a seguir creciendo pero este domingo no,
pibes inteligentes y G que me aporta con su sonrisa: e inKrédulos
dos chicas sensibles y atentas que escapan por un rato de la Generación D (Dispersa)

Un grupo de ex amiguis unidos por el espanto, la clásica apología de lo feo,
otra chica que no aporta nada, tal vez descansando de lo que ayer le quiso aportar mama,
los piropos sintéticos de Ad que nacen de su barba junto con una risa que supera la de Gallo,
E y su sensación auto-fenoménica sensual que comparte a pesar de todo y de ahí radica su originalidad...

J que guarda cosas que escribo recordando a O. Wilde y su: NO a la insistencia,
escapísmo bucal en la terraza mientras mordemos un sandwich misterioso,
´gooOoool...´ desacompasado de alguién que no le hizo nunca uno a la vida,
unas remeras que dicen lo que piensan y no hacen deporte hace rato,
...
E con la ternura asomándole por la etiqueta de su t-shirt al revés e I, semi-sosteniendo con largos y finos dedos un celu que yo imagino apagado, que me hace pensar en la,
complicidad femme de dos que van  más allá de las remeras bobis que solo repiten London NY París...London NY París...

Y el deseo yéndose por una larga escalera,
y el saludo en la puerta con G que volverá a la rutina de un lunes que no debería existir,
y una calle desierta que le dice a mi suite mental: Anda a dormir.












3.4.15

Zona norte, tan lejos, tan cerca.

(escribiendo con Naranjú, una gatita beige y negra, por mis patas)

-"Soy poeta!!...escribo!", le grito, sin gritar al guardia de seguridad cuando se me acerca levemente desde su garita. Unos segundos antes me había salido de la autopista Libertador para buscar un rincón tranquilo y escribir esto. Me metí en una callecita y llegué hasta su muerte: una valla metálica, atras vías de tren y de fondo grillos. Y el guardia que escucha mi "soy poeta" salido del alma que se frena, se calma, me entiende y me sonríe.

Vuelvo a nosotros: escribirte en el papel tierno de la cuenta escrita a mano del restaurancito, un rulo de poesía de tu pelo, pegar la vuelta, el colchón de Cristina, vos que tenés que tomar dos, dos!...colectivos, corason...y  yo que ando tan en la luna (llena) que me olvido del tren que también tengo que tomar.

Te dejo en la esquina del semáforo, con un "suspendido a Marzo" de nuestro pobre saludo de despedida. Yo tratando de darte un abrazo porque leí que es bueno veinte segundos por día, pero los otros - en este caso vos no tanto...- que me quedan lejos, más abajo y JB  demasiado cerca del Obelisco o las nubes.

Llegó a la terminal del tren y me entero: ya pasó el último tren. Lo veo al vagabundo de la estación, sus mantas, su sueño de hambre y me decido. Me acercó suavemente y le dejo entre su manta un billete nuevo de diez pe.

Me dicen que hay otro tren - otro? uau...florecen como Randazzo´s-  agarrando por Corrientes al fondo. Voy con mi bici ET y en mitad del dibujo animado estás vos. Momento off the record, igual yo me acerco a tu arquitectura corporal y nos decimos algo, esas frases que quedan ahi...en borrador.

Llego al bajo y la estación susodicha esta desnuda y fría como el poste de una ruta desnuda y fría. Enfrente veo un cana. Le grito: Jefe!!...Se da vuelta y me hace el gesto que no, que no way tren. Yo que pienso: Cin, veamonos en días hábiles que hay mas horarios (que tristeza lo no-moto) 

Me hago la cabeza que si, que no queda otra, no way tren y ya pedaleo felíz con mi mente flexible. Y veo a un hombre humildísimo con un niño amortajado en sus brazos, y me viene un aire a vacación, a gesell, a bote y velero, y "tenés veinte cuadras hasta la capi", y libertador que tiene a esta altura algo de western, de semáforo rojo respetado a medias...

Y que bueno que nos vimos, hacernos un jueves santo para nuestros santos escritores, que tengamos mucho por leer y que algún día podamos firmar algo juntos. Y que la poesía en la mesa y la líbido teenera en el cajón.

Y vuelta a Libertador, a los duos bárbaros vida-fácil que salen a correr de noche y uno se pregunta si...amigos?...a correr con "g"?, el perro que saca al amo a dar la vuelta del perro, el paquetito de gomitas que me robo con perdón - es que busco compensar la carísima bsas y volver un poco a los 90s price- y que sabe mucho mejor que el comprado...y que más en la viña libertadora del señor?

Un arbolito vestido de beige que yo lo veo como un hombre torcido, una parejita a la que le pregunto algo por preguntar,  porque la noche amerita y cuatro pibes con una novia y todos al auto y yo que me privo de decirles algo. Nueva chance en dos amigos  que pasan, él con gorrita cool y rastras y él con barbita de chico bueno. Yo, desde la vereda de enfrente con cuaderno en las manos (si!! me atrevo!): "No quieren un poco de poesía que hago..?!" Ellos que responden con una naturalidad que hasta da un poco de bronca, como dos seres que fuesen parte del destino fatalista de Proust o Clarice. El (el de gorrita): No, gracias. El (el de barbita): Exitos..! Divinos... 

Final surrealista puro minutos después: el pibe de la gorrita cool "no, gracias" que pasa cerca mio, por mi misma vereda ancha, que pasa corriendo!, si, solo y sin el amigo. Que les pasó? (...) solo dios sabrá. 

17.3.15

pirata inglés no mata músico criollo

Un amigo músico me cuenta que a veces, a sus cuarenta y largos, se replantea el hecho de seguir o no trotando por el interior del país. Parecidos escenarios, monitores y público. Combis con asientos duros y el cuello que uno no sabe como ponerlo para descansar. La rutina de llegar e irse, sazonada por la vitalidad del rider y el stage. Hasta cuando? Cincuenta, sesenta años?

Sale a colación Mick Yagger. Mi amigo músico lo nombra pensando en un polo opuesto: traslados cómodos, bebidas isotónicas en su punto justo, equipos hiperprofesionalizados, la técnica a su favor...

Llamó a Mick, cuando nadie me ve y me cuenta: Estoy cansado de los aviones, no me banco más a Keith, tengo problemas de próstata, tengo que ir con una careta a tomar un café al bar de la esquina, me gustaría tener no veinte, sino cuarenta años menos...

Lo escucho a Mick y en una pausa le lanzo: Te pasa a veces que te gustaría ser otro? Mick hace un silencio y dice escuetamente: Yeah...




22.7.12

Ni tan bucólicos ni tan eternos.

Un transparente editor me pide que haga una analogía entre Madrid y Buenos Aires. A través de un inexistente mail le respondo que se me ocurren mas diferencias que otra cosa. Y así nace esto que sigue:
Madrid esta representada por un animal y un árbol, el Oso y el Madroño, tan suyos y tan cercanos a la vez, que podrían ser escritos en minúsculas, junto al pueblo de esa villa, la afamada Villa de Madrid.

Buenos Aires, que nadie duda que si fuese sería una mujer, esta representada por el Obelisco: fálico, mayúsculo, solitario, abstracto e inalcanzable. Por lo tanto, un ícono contradictorio, como la ciudad y su pueblo.

Madrid: La estatua que representa el escudo de esta ciudad, el Oso y el Madroño, esta situada en la popular y mundana Puerta del Sol. Ninguna valla lo protege, su altura es tal que cualquiera puede tomarse una foto abrazado a la misma y aparecer, casi, junto al simpático oso y su tierno arbolito.

Buenos Aires: El Obelisco esta vallado hace ya no sabemos cuanto tiempo. Su blanco color y las oscuras intenciones de los muchachos del grafitti no hacían buenas migas.
Para el recuerdo del alegre turista, sacarse una foto con la inhiesta pirámide, resulta un desafío y otra contradicción. ¿Porque? Para tenerlo cerca, para mostrarse junto a él, el fotógrafo tiene que alejarse decenas de metros, hasta el punto que la cámara pueda tomar a ambos: al pequeño turista -pequeño en la foto- y al elevado símbolo porteño.

Deberíamos aclarar, por otro lado -para no dar los palos siempre en el mismo lado del costal-, que ya hace mucho tiempo que no hay osos ni madroños en la globalizada ciudad de Madrid y que, como toda ciudad del siglo XXI, su esencia esta en permanente cambio, mal que les pese a algunos.
Sobre todo a aquellos castizos de pura cepa, dueños de algunos bares, que al entrar te siguen gritando el clásico: "...que-va-a-ser?!!", como bienvenida. Traducido a algo más humanamente comprensible sería: ¿Que desea tomar...que va a pedir?
Para algunos, como para este porteño que escribe, más que con un mozo, era enfrentarse con un boxeador, que nada tiene que ver con la eterna y bucólica imagen del osito.

En cambio, el perenne icono porteño pareciera bailar un acompasado tango entre el significante y su significado, en este caso, el pueblo de Buenos Aires. Miles de sobrecitos de azucar endulzan eternamente la imágen del Obelisco, junto a la sonrisa de Gardel, la otra representación cabal del porteño.
Gardel y el Obelisco,...tal para cual, no?

No es para que se enojen, muchachos, pero nunca se conocieron: el Morocho murió antes de que levantaran la egipcia pirámide .
Hasta en eso somos y seremos porteños: Contradictorios, elevados y aparentemente eternos.

29.8.11

Recién los ví, parados, en Córdoba y Callao.



Hoy es igual que ayer, que hace un mes o que siempre. Damos vueltas por las mismas calles tratando de entender que pasó desde las suelas de nuestros elegantes abuelos hasta hoy. Los buzones rojos en las esquinas, esperando, también, que alguien venga a rescatarlos. Los carteles vendiendo lo mismo que ayer.

Y entonces, de repente, cruzando Córdoba a la altura de Callao, los veo a los dos. Padre e hijo. Música y letra. Ayer y hoy.
Esperando que alguien se detenga a escucharlos. Esperando que alguien los mire con la misma generosidad que ellos miraron este caos social, antes de darnos, este disco llamado Familia Canción.

Un disco que se lleva y se llevará bien con el tiempo. Un disco que, como ya algunos dicen, acompaña.
Un disco corto pero donde nada sobra. Diez canciones como hermanos llenas de una inmensa generosidad.
Un disco digno, como el pan, que se hace para los demás.

Familia Canción no se piensa, se siente como una suave brisa que nos roza en una piel que no vemos.
Familia Canción serpentea entre la prisa de Corrientes y la tranquilidad de las callecitas suburbanas.
Familia Canción tiene la frescura de un niño y la grandeza de hablarnos con bondad de lo que a veces nos duele.

Fábricas nocturnas, vedettes falopas, camioneros guaranies, historias paradas en las esquinas que tanto supimos caminar.
Corazones esperando que alguien los venga a rescatar.
Este disco es una balsa que no salva pero que nos lleva a un lindo lugar.

Una música que se mece en el lado brillante de Moris y de Antonio.
Y que nos mece.
Familia Canción, agua fresca, cuna y bautizo generacional, mezcla de lo que a pesar de todo somos.
Familia Canción, lágrima dulce, padre e hijo, ayer y hoy, balsesito de cartón musical.

26.7.11

Hoy un día mas


Hoy fue y no fue un día más, aunque alguien dijo: ¿no fue un día cualquiera?

Hoy fue y no fue un día más. Las manos de un plomero se retorcieron y sus ojos se estrecharon para mirar.
Mientras tanto, las veredas porteñas valían oro de solo verlas pasar.

Hoy fue y no fue un día mas, cansados colectivos se cansaron de bufar,
mi padre compró el diario o él diario lo compró a él,
señoras jubiladas achicaron la compra,
comprando verduras y sorteando productos de ultramar.

Hoy fue y no fue un día mas, el cana no quisó moverse de la esquina,
chamuyando su excusa, laburante de la gola, como millones de gargantas más.

Hoy fue un día cualquiera, me dijo el rojo semáforo de Corrientes y Montevideo,
las minas esperando que cambie para pintarse el "no" en la cara y a laburar.

Porteros provincianos, paradójicos "encargados" de pertenencias ajenas, olvidados de su orígen, guardando la parada, las cuatro baldosas de su pública intimidad.

Canas, porteros, minas apuradas, "solo un día mas". Autos manchados por las cansadas luces de la oscuridad. Todos esperando, mirando o estando a punto llegar.

Hoy fue y no fue un día más. Si hoy te dedicaste como yo a perderte, te dedico esta prolija desprolijidad.


5.1.11

Un lugar llamado respeto.



"ESE LUGAR LLAMADO RESPETO"

No sabemos si tanta galantería radial será profunda y sincera. Tal vez, la última verdad, sea un detalle que solo saben las almohadas de los "laburantes de la gola".
Los años, esos golpes de martillo y de tiempo, nos van torneando hacia lo que hoy somos. 
 
Y no hay dudas. Estos hombres radiales, estos seres, guardan decenas de años vividos en cafés de húmeda amistad, en un tiempo díscolo, de orden y desorden, de tensiones sociales y generacionales. Años de almorzar el pan y el queso de las mesas, vestidos con el mejor saco y maquillados por el bien común y el urbano respeto.
Hombres y mujeres bien hablados, el mejor traje que nos podemos poner. 
 
Leonel nos cuenta apesadumbrado las cinco horas de nocturna espera. Su mujer, la actriz Virgina Luque, se descompusó y la ambulancia privada no venia. 
Finalmente, "al bueno del encargado", se le ocurrió llamar al SAME. En cinco minutos estaban ahí y luego, en el hospital Ramos Mejía, "la atención fue inmejorable" y por eso los agradecimientos radiales de Leonel.
Los desmaquillados edificios públicos argentinos guardan todavía hombres y mujeres para el bronce. Profesionales no solamente efectivos, sino también, seres humanos con esa afectividad que nos caracteriza para bien.

José Narosky, con una voz mesurada envidiable, nos regala cuentos de épocas pasadas. Historias de héroes, la mayoría con sus capítulos ya cerrados, que nos provocan un dulce ensueño en tiempos de crisis, de una eterna crisis.
Imagino viejos oyentes porteños que lavan su vida en los dos metros de la vereda que los vió crecer. Esas caras que nos miran pasar, como husmeando nuestras buenas o malas intenciones.
 Vidas estafadas por varias décadas de afiches en infracción, de consignas no explicadas y de decretos de necesidades personales de urgencias. 
Locos bien amaestrados que ya no salen a volar, a los que les queda media hora y el recuerdo en los zapatos gastados de alguna milonga rea que ya murió. 
Y siguen los cuentos, esas hamacas orales para soportar un cachito mejor los desprevenidos cortes de luz de desprevenidas -¿o desaprensivas?- empresas eléctricas.
 
Felicidades quedan pocas, pizza, celu y cañitas voladoras de ocasión. 
Y como en el fondo no hay nada, hay que ponerle nombres, títulos, "ingeniero", "dotor", a la fachada del día de hoy.
 

La 2x4 sigue sonando, la que alguna vez se llamo la FM Tango, un oasis radial para tapar baches callejeros, colectiveros asesinos, plazas llenas de mal comidos y peor hablados. Signos de la resaca social que vino para quedarse. E hijos de una clase media partida por la mitad, con el sueño de "otro lugar en el mundo" escondido entre los auriculares de veinte pesos. 
Como tira todavía la ilusión del norte boreal!
Noche blanca, amague y otra vez el gordo del bandoneon. La poesía tanguera radial sigue inflando tiernos corazones. Poesía que a veces era lo único que llenaba los humildes estómagos de sus apasionados autores. Estirar el sueño mañanero, mate y galleta inflada para embobar el hambre. 
Jose N nos cuenta de una disposición del año 1936, por la cual el jefe de policía podía, llegado el caso, condenar con hasta cuatro años de servicio militar, a aquellos ciudadanos que fueran encontrados en la siguiente infracción: decir improperios o palabras deshonestas en la vía pública.
Algo fundamental se gastó, se fue, se transformo en otra cosa.
 
Por eso el valor de esta radio para los que la escuchan. Sus enormes palabras de agradecimiento para los conductores y trabajadores de esta emisora. Por esos modos señoriales y esas verdaderas poesías que esconden los tangos. Sueños musicales que los hacen volver a soñar, a viajar en ese avión imaginario que sustituye, tal vez, al que nunca tomaron.
"Un abrazo de amigo a todos los cordiales oyentes...gracias a los camilleros, a los médicos, a todo el personal del Ramos Mejia...un gusto..." 
Jóvenes voces femeninas y engolosinadas voces masculinas. Arrullos de Radio Splendid, Francisco Canaro y el eterno Carlitos. Mitos   encarnados en las tardes de la radio.

La ausencia física, ese triste pero pequeño detalle, cuando es tanto lo que algunos amantes de esta ciudad y de su pueblo dejaron. 
       

27.11.10

sueños derramados en terrazas aledañas al trocen.

Amanecer tarde, pasados los treinta, las agujas girando en torno a entuertos no resueltos tal vez. Teléfonos tristes que no suenan porque no se alcanza a desentumecer la tela de araña, a descolgar el tubo y decirte simplemente: ¿que haces...?
Porque algo pesa, algo tira, sogas elásticas mal sujetas que un día se desprenden y lanzan al sujeto veinte años antes y a la casa materna, viente años después.
Un nido desplumado, atemplado, que ya no guarda ni el tintineo de lo que ese niño podría llegar a ser.
El resorte suelto del botón del baño que era más pequeño de lo que crees. Un mecanismo que desaparece, que se desliza incomodo por las entrañas húmedas de la pared del inodoro. Y una mano ya grande que busca desesperadamente esconder la verdad o no se si entenderla o al menos tirar de la cadena y aparecer en una isla con los ojos de la primera vez. 
Pero un día que no es otro cualquiera, un primo lejano que toca la puerta, estómagos llenos y fundas vacías, monedas que giran, Florida y tal vez.
Y así pasan algunas tardes antes de cambiar de esquina, de sueño y de excusa a las seis y diez. Y una vieja baldosa donde se para una Smith peruana, argentina y francesa. Y los acordes que se embellecen y las miradas que se cruzan por primera vez. Y una pollera que se estira mas para agacharse, charlar con las fundas, las guitarras y el mail. Y el de la de ojos azabache, porotos de marilyn, brillo siciliano y acento francés. 
Y llega el sábado esperado, y justo mama quedó con la amiga de siempre y los potes de crema con el pico endurecido y las cartas de toda una vida sin responder.
Y el hijo que se va sin irse y la noche que aclara y las promesas pintadas en la remera de Miles elegida por enésima vez.
Y ya son las once, y nuestra marilyn barraquera apila cajones de cerveza y esperanzas también. 
Y llegan los vasos, y las voces, y los besos, y los acordes tibios y las caras criollas esculpidas desde la taimada niñez.
Y la noche esconde los detalles gastados, las figuras que no encajan, sota, seca y corpiño; aro, falso ancho y Luca not dead. Y años de crisis que no cambian cierta, en el fondo, candidez. 
Pero la Stella arremete, alguna poética que queda perturba la realidad de los presentes y el sexo atrás de las polleras. Y la terraza con velitas se convierte en dulce gallinero, alambre y tejido social, la cresta del gallo que nadie se quiere poner.
Ahí me fui y el sol que amanece.
E imagino a los comensales que quedan, a los que trajo el azar sin decirnos de donde y porque. Y a nuestra marilyn de parpados cansados, hoy dueña de la barraca, mañana espectadora del cotarro, como cada uno de los que a la vida nos vinimos a nacer.
Y cierta culpa que no se resuelve y los brazos del morocho elegido y dormir solo con él.
Y algún hueco de conciencia que dice: vamonos chicos, que el sol ya esta en lo alto y el maquillaje se fue. 
Y este cuento que termina cuando todo vuelva a empezar again.

24.10.10

Circunstancia (lo de siempre en la calle y en vos)

Imagino el sol se cayendo blanco y redondo por una calle del sur de buenos aires.

Mientras, camino juntos a los porteros del norte, los escucho girar una y otra vez sus pesados llaveros, sonajeros de su leve autoridad de vereda.

Y miro las novias, las humildes novias de descosidos felices. Y las chicas solas y atractivas caminando en una cuadra de Paris-London-Nueva York. ¿Nunca acá, nunca buenos aires?

La empleada de la pequeña tienda de zapatos lanza al aire el perfume de su cigarrillo, como desafiando a los minutos que le quedan por ser urbanamente libre.

Bolsas negras rebosantes, chicas juntandolas y farolas ornamentadas de un siglo que pasó antes de lo que hubiese querido.

Buenos aires, otra tarde que se cae.

30.5.10

Peón callejero mata alfil horizontal.


Un pibe, con un pie en la calzada y otro en el cordón de la vereda, pega un afiche en una caja de electricidad.

El tráfico urgente pasa junto a él en plena tarde de viernes en Perón y Rodriguez Peña.

En otra situación el pibe estaría vestido para matar.

Un portero lo merodea con la relajación de un guarda de estación. "¿Que estas pegando, muchacho?"- le espeta al pibe con su acento bonachón del interior. Como respuesta recibe un murmullo inclasificable y un brazo que sigue con su tarea al borde de la contravención.

El portero, llevado por su cadencia bondadosa, empieza a darle charla a esa figura que no responde o desconfía.

En la tácita escala de valores de nuestras calles porteñas pareciera ser que el que menos tiene es el que más puede.

21.5.10

tocamdobia

No debería pero soy feliz en buenos aires.
Caminandola, viéndola pasar en colectivo, recordando confiterias -como Pipas, en Callao casi Las Heras o la clásica Saint Margaret de mi padre- que no están más. Panaderias que cambiaron de siglo o de dueño, pero no de olor.
Aunque si; todo cambia por acá. Llego a casa y un perro ha encontrado en la puerta un lugar fresco donde acomodarse. "Hola perrito..."- le digo haciendole un gesto de acariciarlo con la mano. Pero el perrito me malinterpreta y se va.
¿Hacia donde? ¿Sentirá que de algún modo es esta también su ciudad? A mi a veces me pasa que no y a veces que sí. Pero cuando surge la magia me quedo acá, me la quedo con toda su porquería.
Un hombre tan viejo como su sombra, una mucama de piel originaria paseando un hijo que no es, un mozo como de los de antes, atildado, cruzando la avenida con el pedido -"hola...eh...traeme un capuchino...ah, ¿y me traes esas galletitas del otro dia?"- que hoy viene con yapa.
Pasaron tantos por acá, tantas historias por estas mismas calles...
De refilón pispeo un pasillo largo, medio derruido y al fondo la luz de un patio abierto. Un hombre mayor sujeta algo que no llego a ver que es. Un conventillo en pleno Barrio Norte. Las coordenadas mezcladas, el espacio riéndose del tiempo y viceversa.
Solo falta que nos crucemos con el mismísimo Gardel o con el pequeño hombre cuyo trabajo era llevarle el bandoneón a Troilo.  
Y yo sigo. Soñando sin querer dejar de soñar. Personajes anónimos, divinos, con los que charlas las palabras justas en la casualidad de la panaderia de la esquina.
Salís con los sandwiches de miga bajo el brazo pensando: ¿y si él era Dios?
Detalles. El colectivero que "personaliza" su viaje, ya que no le dejan hacerlo con su "unidad", dejando subir al vendedor ambulante aunque ande por ahi una ley que lo prohiba, abriendo cada tanto la puerta de atras para que el bondi se ventile.
Y algo más que hoy no aparece y que será mañana.

El Caos era un Universo.


"Con el cuore endulzado no vas a poder cruzar esa arteria"- me dijo mi mitad más uno después de Reserva y adiós.


Pero yo me lancé igual, sintiendo el látigo húmedo y metálico de ochenta sombras y una luz amarillenta que me tropezó. Cuando todavía yo era yo y no este gigante con un río marrón a la derecha.

Aunque me iba gastando, claro esta, junto a los ochenta zapatos inquietos de funcionarios azules de lunes a viernes. Compañeros de charla y ascensor que los sábados sueñan con ellas, con las verdaderas ellas y esos culos prietos, la puta que los parió!


Y así iba yo, a contramano de laburantes porteños, ciegos testigos de esa sombra que asusta a la oscuridad cuando caen las luces del centro.

Y en algún lugar vos te preguntabas todavía: ¿donde se esconden los inventores de este desguace ciudadano, piadosa y cruel mentira que vemos con algo de pueblo en los ojos?

Esta ciudad, bendita y país, donde se negocia por la puerta de atrás y con el semáforo en amarillo. Historias venidas en camiones como barcos, plata negra del poco orgullo patrio que nos quedó.

¿Y a continuación? A continuación un cafetero ambulante, un hombre ausente de espuma, una esperanza enterrada en la uña desnuda. A continuación otra historia que vuelve a casa, esa casa que nunca vimos pero donde alguna vez alguien nació.

¿Y que más en la esquina del rico Luna Park? A cientos de kilómetros las vacas y acá las "faces" junto a las pieles tiznadas a las que le dijeron que no decenas de veces. Y el puerto para que las profesoras de blanco hablen de los barcos que bajaron y de los indios que nunca no.

Silenciosa y vieja estirpe, hacha y paciencia, lucha estética entre generaciones afrancesadas y otras doblegadas. Todo escrito en un grito callado que mantiene tensa la City y la teta de su alrededor.

¿Vale más tu historia que la historia pintada que firma el paredón? ¿La que entra en un cuartucho compartido de dos por dos?

Y nos quejamos, si, de la mentada Europa berreta, de la deuda y la duda que no cesa. Pero mientras seguimos acá, imantados, haciéndonos los perros sin correa en Corrientes y Rodriguez Peña.

Un acuario de piernas con facha de portero, con un ojo te "bicho" y con el otro desconfío, ¿y qué? Si primero estoy yo. Si al final te dejo pasar, individuo de tu mundo, daaale..! dejame saltar las reglas y no me jodas, corason.


Bitácoras del asfalto, barbas duras de camellos, plantas que nacen de terrazas como pelos de viejo. Hoy te quise escribir, todo, corason, buenos aires, reina patética en camiseta, escritora anónima de este corpiño abandonado, de esa telaraña extrañamente sensual.

A vos, viejo vendedor de ballenitas que ibas de Once a Constitución, soplandole versos a Bioy, ¿quién te conoce hoy? ¿quien puede decir que se morfó de parado todas las historias que sos y que quisiste ser?

Corner, fugazza y queso, ¡como me biblia esa nena chorreando junto al calefón! ¡como te pintaría entera, buenos aires, de un trazo abyecto hoy!

Y es que son años de grasa que perduran en los ojos de tus barrenderos, pacientes pescadores de cartón. Y es la irrespetuosa y cambalachera avenida de Mayo, cúpulas y reggaeton. ¿Cuando fuistes lo que eras si apenas venimos del barro y al barro voy?

Un cana, un chorro, un amigo o los dos. Cuerpos ausentes tomando mate, caderas sobre el patrullero y esa expresión en la cara de yo no fui y menos soy.

Y la patria sacando numero entre colas de gente que juntas apenas son. Y un cartel que pide pan y trabajo en una esquina que transpira humedad de última ilusión.

Y bondis que vienen de los ochenta, que saben de un fantasma porteño que, como daga, tocó mi corason.

Y veinte años asustado para nada. Y veinte años asustado para enamorarme hoy.


(Para mi hermano Antonio, que con afecto porteño y oros de río y café con leche, supo alimentar estos versos)


23.4.10

Olor a trabajo


Ahora entiendo.
Sal y trabajo.
Sus tiempos, sus deseos de volver, su resignación de llegarse.

Una pareja que se besa mientras alguien alisa el mantel,
Juan M. sonríe con su libro escondido bajo la mesa,
todos venidos a danzar su danza laboral sin tropiezos.

Chau, termino el día, ellos afuera caminan rápido para llegar a casa,
para intentar ganarle al tiempo que pasó.

Mañana, tachar un día menos, olor a trabajo, leer el diario a medias,
plancharse en el asiento, deseo de viernes, una mujer que espera...

Un hombre se piensa en el subte que frena y fin.

1.3.10

el 60

(Se abre el telón en blanco y negro y una voz engalanada de locutor años cuarenta anuncia.) Rrrrrr...! Sale traqueteando, medio ladeado pero tan porteño...el sesentaaa...!

(Cincuenta años después...) En la espalda de sus asientos se descubren dedicatorias, puteadas a clubes y rimas al mejor estilo baño.
Un cartel anuncia: Los pasajeros de este micro están parcialmente subvencionados(¿?) por el estado nacional. Ah, si? Me miro y no siento nada.
Funcionan 3 de los 8 plafones de "la unidad", dándole a la misma un interesante velo crepuscular.
Los caños pelados -sin sujetamanos ni nada que se le parezca- mantienen esa suave película viscosa de cientos de manos que pasaron -antes? años a?- por ahí.
Las manos presentes parecen deslizarse mas que agarrarse. Y como hoy no esta, me lo imagino al vendedor ambulante.
Arrastrando la media elástica desde el primer asiento hasta casi el de cinco lugares, al fondo. Creatividad porteña para vender un par de medias. U otro repartiendo los humildes paquetitos de hilo, aguja y dedal.
O aquel manchando una manga falsa con la grasa del colectivo para después hacerla desaparecer con el quitamanchas marca "quitamanchas" (mi madre todavía los compra...pero donde?!!).
Muchas ventanas ya no las abre ni Magoya, ni Martin Karadagian. Algunas si abren, pero la resignación del pasaje las deja como están.
La única pena -lo que le da al 60 un toque de insoportable actualidad-es que acá también los pasajeros no paran, tampoco, de hablar por celular.
"Paradaaa..." 

21.1.10

Esta mañana

Escribir como abrir una ventana de la memoria.
Desde la mía, una pareja color café con leche pasa  por la blanca esquina de un nuevo edificio sin historia. ¿Antes que había? ¿Antes quien era yo?¿Si tuviéramos un deseo, que pediríamos, recorrer el espacio o adentrarnos en el tiempo?
Imagino un dios para cada una de esas dos coordenadas. El que conoce cada rincón, cada cajón y casa pensamiento oscuro, cada leve suspiro de este presente universal. Y otro dios, el que no olvida, el que recuerda todo lo que ya paso. Cada esquina demolida, cada amor olvidado, cada niño que fuimos, cada ola que nos barrenó.
Este ultimo dios rescata todo lo que el otro desecha. Con él querría charlar.
Un super abuelo con ojos que brillan y mente de plastilina. Mi madre me cuenta de una escritora brasileña que cada sábado escribía un cuento para poder vivir. Me cuenta de esta mujer que elegía algo pequeño, un detalle, y lo hacia grande. Veo caer la lluvia y pienso que es un buen ejemplo. ¿Que es la lluvia sino un cumulo de detalles, miles, millones de gotas cayendo a la vez? Porque las hay finas, gordas, frías, las hay que caen perpendiculares al suelo, las que se rebelan antes de caer a morir...
Hoy es sábado. El dios del espacio andará chamuyando por alguna esquina o en la cola de la panadería. El dios del tiempo estará sumergido en sus libros, viendo la lluvia caer, ordenando sus estampillas por enésima vez.
Yo trato de ordenar mis ideas, de atrapar una al vuelo y encontrar ese objeto abandonado en la arena de la lejana memoria. Ahí esta! La lluvia y un bocinazo me remiten a días laborales, a edificios y a oficinas. Entonces, las gotas se transforman en papelitos que caen de miles de ventanas anónimas del microcentro.
Es el ultimo día hábil del año: el día de los papelitos. Mi abuela, que vivía frente a la plaza San Martín, me llevaba caminando hasta el Bajo a verlos caer.
Los oficinistas recortan todo el papelerio del año, todos los tramites que ya vencieron, todas las hojas llenas de números que el tiempo ya aburrió. Y los lanzan al vuelo. Uno, transeúnte del suelo, alza la vista, ve salir esa imágen de camisa recortada e imagina la felicidad de su dueño.
Esa lluvia liberadora, esa catarsis...¿made in lanús?, ese ritual que no se desde cuando se realiza y si sucede en otras partes del mundo(1). Pero si en Valencia queman muñecos gigantes y cabezudos, si en China usan el estruendo de la pólvora para los finales y los comienzos, me gusta imaginar que en buenos aires tenemos nuestra propia lluvia, la lluvia de los papelitos.
Unas semanas atrás mi hermano me llamo emocionado: "Estoy viendo caer los papelitos...! No sabes lo que es esto...!" Quizás para él, tanto como para mi, este ritual era algo mas bien del pasado, algo que guardaría el dios que ya sabemos. Pero no. Ahí estaban los dos, espacio y tiempo, presente y memoria, meciéndose en esa blanca lluvia de serpentinas caída del cielo.
(1) Mi amiga Alejandra, desde Uruguay, me cuenta que en el microcentro montevideano también llueven los papelitos. Ya somos dos.

¿Sabías que bondi viene de albondiga?

Le cuento a mi madre que estoy con ganas de escribir pequeñas historias, esbozos de la memoria porteña. Por ejemplo, cuando los bondis tenían esa panza adelante, esa albondiga redonda y orgullosamente fileteada. Epocas pasadas, cuando el chofer era un pulpo de siete brazos, de siete manos para manejar.
Un fangio cansado que pasaba los cambios, cortaba boleto, indicaba a las viejas o casi donde se tenian que bajar, giraba la palanca que abria la puerta de atras y además, daba el vuelto.
Entonces, mi querida madre me hizo recordar un detalle que yo no y da pie a esta historia.
Para lo ultimo, dar el vuelto, el sufrido chofer se ayudaba con la maquina de las monedas, un triste organito de metal que en vez de notas emitía monedas.
Pero sucedía que uno subía al bondi con un billete de 5 Australes y timidamente, con algo parecido al miedo, se lo daba al chofer. Este, al vuelo, voceaba el clásico: "Quedate cerca pibe, que ahora no tengo para darte el vuelto".
Y ahora viene el detalle que mi madre me hizo recordar gesticulando con sus manos. El chofer, convertido en un gitano del asfalto, doblaba el billete al medio y a lo largo, y lo convertia en un cubanito delgado, en una entidad sospechosa en medio de sus dedos. Truco tal vez aprendido de la calle, de los vendedores de helados o de maní.
El billete pasaba así a ser parte de esas varitas mágicas, de esos salvoconductos de 10 -para el dedo mayor-, de 5 -para el anular- y así sucesivamente, australes.
Perfumaba el aire la última primavera de la nueva democracia argentina y nosotros, recién regresados de tierras secas, nos sorprendíamos con esa exuberancia porteña. Mi madre me hablaba de las horas pico, por el Bajo, donde arriesgados oficinistas se colgaban del estribo, unas manos aferradas como ganchos y las caderas apretando al de adelante para llegar a cierta posición vertical. "Listo?!" -gritaba el chofer. "Si, dale..."
Y arrancaba el bondi una entrañable y nostálgica nube gris.
Pero nuestro billete -el mio en este caso- ya era indistinguible entre el racimo surrealista de los otros. La cuestión, entonces, era tratar de mantenerse cerca del chofer para recibir el preciado cambio. Esto podía suceder en alguno de los escasos descansos. Por ejemplo, en algún semáforo "largo".
Había que quedarse cerca, murmurarle algo al hombre de fangio, tener la suerte que el chofer cabeceara y nos viera atrás, al acecho, transpirando nuestra expectativa cambiaria.
Lo ideal era situarse justo atrás del asiento. En esa época no había división entre el chofer y el pasaje. Era todo uno. En verano casi se podía sentir la camisa celeste pegada a la piel y al asiento de infinitas tiras plásticas. Este mítico objeto que merece un punto y aparte.
Si uno lo analizaba fríamente, podía ser el asiento mas estrambótico del mundo: todo hecho de finas y duras tiras de plástico. Pero estaba entramado de tal forma, por alguna máquina mágica, que conformaba para nosotros, los pasajeros, el lugar mas cómodo del mundo.
¿Quien no sonó con sentarse por un rato nomas en ese asiento etéreo, suspendido plasticamente a mas de dos metros del asfalto porteño, con el volante nacarado y la bola de cabarute para pasar los cambios a nuestra disposición?
Pero no. Deambulabamos por atrás, perdiéndonos tristemente entre el pasaje que no dejaba de subir y de empujar. "Corriendosehaciaelfondooo...alfondohaylugaaar"-voceaba el chofer eternamente sentado. Imposible a esta altura tratar de "comunicarnos" con él, de hacerle recordar nuestro caso.¿Como el trafico volcánico de buenos aires, el bondi, sus pasajeros, los acelerados semáforos, se iban a detener por nosotros, por nuestra nimia inquietud?
Pero una de cal y una de arena. En eso nos tocaba un milagro. Un asiento vacio que nos permitía a los lungos de 1,89mt como yo volver a la posición normal cuello-cabeza. O nos quedabamos embobados por la morocha bajita y de altas curvas. "Uy...la parada.."-pensábamos de repente para nuestros adentros. "Permiso..perdon...¿baja en la próxima?- preguntábamos caballerosamente en una posición por lo menos ridicula-...momentito...shofeeer! -la vieja bienuda que también buscaba bajarse-...la parada!
Y así, como una serpiente entre un mar de piernas, nos deslizábamos hasta el único timbre de la única puerta del fondo. Con suerte y apretando varias veces el gastado timbre, el chofer nos devolvía de un salto al crudo asfalto y a la sensación de que algo nos faltaba.
Mi frágil memoria cercana y yo sabíamos que el vuelto se había perdido para siempre.